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A ojos de un niño.

Llevaba toda la tarde eligiendo las palabras, imaginando el momento, ensayando cómo se lo diría. Era algo tan importante que no podía dejar nada a la improvisación. Quizá era lo más delicado que tendría que explicarle en toda su vida. A su niña, la que le había llenado de orgullo desde que nació. ¿Qué pasaría si no lo comprendía? ¿Y si cuando se lo contase cambiara su relación? Pero no podía ocultárselo más, no debía.

Tocaron al timbre, debían de ser ellas. Respiró hondo, se acercó al telefonillo y lo cogió.

-¿Si?

-Somos nosotros, abre.

Presionó el botón del telefonillo y esperó a que subieran. Ya no había marcha atrás. Pero se había acostumbrado a esa sensación hacía ya mucho tiempo. Escucho sus pasos y abrió la puerta. Marta, su apoyo desde el principio, le sonrió, le dio un abrazo y acto seguido él se agachó para recibir el de Marina, que se colgó de su cuello al grito de “¡Papaaaaaaá!!!”.

Marta le puso la mano en el hombro, le volvió a sonreír y se despidió de ambos.

-Vuelvo en un rato, ¿de acuerdo?

-Marta…

-¿Si?

-Gracias por estar ahí siempre.

-No me las des. Venga, hasta luego. ¡Hasta luego Marina!

-¡Adios mamá! -respondió Marina sin soltarse del cuello de su padre-.

Marina ocupó el sillón al que le gustaba subirse para ver la tele, para jugar, para leer o simplemente para hablar con su padre, como ahora.

-Marina, tú igual no lo entiendes, pero me gustaría que supieras que papá siente cosas por dentro que le hacen sentir como si por fuera llevase un disfraz.

-Como cuando yo me disfrazo de médico en el cole.

-Si, más o menos así. Lo que quiero decir es… Marina, esto es muy difícil para mi. Papá realmente se siente… una mujer.

-¿Como mamá?

-Si, como mamá. No me gustaría que te sintieras mal con esto, y que llegaras a comprenderlo. Yo solo quiero que…

-Papá…

-Dime cielo.

-¿Has pensado ya qué nombre te vas a poner?

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microrrelatos, Relatos

Guárdame el secreto

ojos_de_gatoDesde una viga del techo observaba divertido la situación. Mamá buscaba dentro de un armario, papá se agachaba para mirar debajo de la cama y su hermana pequeña gritaba su nombre haciéndose altavoz con las manos. Él, desde su atalaya, no paraba de sonreír. Tommy, el pequeño cachorro de la familia que convivía con ellos, se acercó como un experimentado equilibrista por la viga y le observó con seriedad. El gato se llevó el dedo a los labios y susurró: “No digas nada humano, llevamos tres horas jugando al escondite y aún no me han encontrado…”.

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Recuerdos, Relatos

Hablo de ti

8C1895B5-7DF2-4F62-A23D-402367311AADHablo de ti, pero sin pena. Sencillamente, hablo de ti. Estos días he pasado, con el coche, por la orilla de la playa donde solíamos ir a pescar tú y yo, y aunque todo ha cambiado, parece que todo siga igual. La vía del tren por la que teníamos que cruzar para llegar a la orilla. Las mismas rocas por las que caminaba, primero cogido de tu mano y luego, cuando ya sabía que yendo detrás de mí nada podría pasarme, a unos metros de ti. El olor del mar era exactamente el mismo, y la brisa que me rozaba la cara era la misma de entonces también. Y llegábamos al borde de las rocas y me decías “Vamos a echar las cañas aquí”. Y yo sonreía, y empezaba a montar las cañas, a colocar el cebo como tú me habías enseñado. Ya no hacía sol pero yo iba con mi gorra verde, ¿te acuerdas?, y tú, porque en todo hay grados, con tu gorro de pescar. Ese gorro que luces en tantas fotos, que ahora guardo yo y que de vez en cuando miro con un sentimiento de nostálgico cariño. Y una vez lanzadas las cañas, una vez colocadas en sus soportes (y después de que, por qué no decirlo, alguna vez te “enfadaras” conmigo porque el hilo de mi caña se cruzaba con el tuyo), una vez hecho todo esto, decía, y nos sentábamos uno al lado del otro, y hablábamos. Me contabas cosas que ahora, cuando las relato yo a alguien, me hacen sentir que me las decías precisamente para eso, o quizá la distancia me hace verlo ahora así, qué se yo… Yo te miraba, sonreía y te preguntaba. Te preguntaba mucho. Te preguntaba sobre todas las cosas que se me ocurrían, y tú nunca me negaste una respuesta a nada. Me enseñaste a ser curioso, a preguntarme el por qué de las cosas, y sobre todo, me enseñaste a ser una buena persona. ¿Quién diría que hacías todo aquello cuando nos íbamos a pescar juntos, verdad? Y al final de la noche, con más sueño que peces en el cubo de las capturas, volvíamos a casa. Felices. Así pasó aquel tiempo, o así lo guardo en mi memoria y así me gusta recordarlo. Y ese recuerdo se aviva ahora que hablo de ti. Hablo de ti, pero sin pena. Sencillamente, papá, hablo de ti.

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Relatos

La sábana en el suelo

glass-63341_960_720La primera vez que le pasó, pensó que lo había hecho él mismo. Quizá se movió durante la noche y la sábana fue a parar al suelo. Era la explicación más lógica, o quizá la que más fácil le resultaba creer. Cada noche antes de acostarse metía y remetía la sabana entre el colchón y el somier, y cada mañana, invariablemente, ésta aparecía hecha un montón al lado de su cama. Intentó quedarse toda la noche despierto, haciéndose el dormido para atrapar a ese ser que le despojaba del trozo de tela con el que se protegía del frío toda la noche, pero era imposible. Nada ocurría en la oscuridad mientras aguantaba la llegada del sueño, pero cuando sus ojos se cerraban en busca del descanso que ansiaban, la primera imagen que veían cuando volvían a abrirse era invariablemente la misma: la sábana en el suelo, en el lado derecho a los pies de su cama, y esa sensación de frío que le recorría el cuerpo cada madrugada. Sigue leyendo

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